Simeón Estilita el Grande, Santo Monje, 27 de julio
Por: . | Fuente: E W T N
Martirologio Romano: Cerca de Antioquía, en Siria, san Simeón, monje, que
durante muchos años vivió sobre una columna, por lo que recibió el
sobrenombre de Estilita, y cuya vida y trato con todos fueron admirables
(459).
Nace cerca del año 400 en el pueblo de Sisan, en Cilicia, cerca de Tarso,
donde nació San Pablo. (Estilita significa: el que vive en una columna).
De pequeño se dedicaba a pastorear ovejas por los campos, pero un día, al
entrar en una iglesia, oyó al sacerdote leer en el sermón de la Montaña las
bienaventuranzas, en el capítulo 5 del evangelio de San Mateo. Se entusiasmó
al oír que Jesús anuncia: "Dichosos serán los pobres, porque de ellos es el
Reino de los cielos. Dichosos los puros de corazón porque ellos verán a
Dios". Se acercó a un anciano y le preguntó qué debería hacer para cumplir
esas bienaventuranzas y ser dichoso. El anciano le respondió: "Lo más seguro
seria irse de religioso a un monasterio".
Se estaba preparando para ingresar a un monasterio, y pedía mucho a Dios que
le iluminara qué debía hacer para lograr ser santo e irse al cielo, y tuvo
un sueño: vio que empezaba a edificar el edificio de su santidad y que
cavaba en el suelo para colocar los cimientos y una voz le recomendaba:
"Ahondar más, ahondar más". Y al fin oyó que la voz le decía: "Sólo cuando
seas lo suficientemente humilde, serás santo".
A los 15 años entró a un monasterio y como era muy difícil conseguir libros
para rezar, se aprendió de memoria los 150 salmos de la S. Biblia, para
rezarlos todos cada semana, 21 cada día.
Se le considera el inventor del cilicio, o sea de una cuerda hiriente que
algunos penitentes se amarran en la cintura para hacer penitencia. Se ató a
la cintura un bejuco espinoso y no se lo quitaba ni de día ni de noche. Esto
para lograr dominar sus tentaciones. Un día el superior del monasterio se
dio cuenta de que derramaba gotas de sangre y lo mandó a la enfermería,
donde encontraron que la cuerda o cilicio se le había incrustado entre la
carne. Difícilmente lograron quitarle la cuerda, con paños de agua caliente.
Y el abad o superior le pidió que se fuera para otro sitio, porque allí su
ejemplo de tan extrema penitencia podía llevar a los hermanos a exagerar en
las mortificaciones.
Se fue a vivir en una cisterna seca, abandonada, y después de estar allí
cinco días en oración se le ocurrió la idea de pasar los 40 días de cuaresma
sin comer ni beber, como Jesús. Le consultó a un anciano y éste le dijo:
"Para morirse de hambre hay que pasar 55 días sin comer. Puede hacer el
ensayo, pero para no poner en demasiado peligro la vida, dejaré allí cerca
de usted diez panes y una jarra de agua, y si ve que va desfallecer, come y
bebe." Así se hizo. Los primeros 14 días de cuaresma rezó de pie. Los
siguientes 14 rezó sentado. Los últimos días de la cuaresma era tanta su
debilidad que tenía que rezar acostado en el suelo. El domingo de
Resurrección llegó el anciano y lo encontró desmayado y el agua y los panes
sin probar. Le mojó los labios con un algodón empañado en agua, le dio un
poquito de pan, y recobró las fuerzas. Y así paso todas las demás cuaresmas
de su larga vida, como penitencia de sus pecados y para obtener la
conversión de los pecadores.
Se fue a una cueva del desierto para no dejarse dominar por la tentación de
volverse a la ciudad, llamó a un cerrajero y se hizo atar con una cadena de
hierro a una roca y mandó soldar la cadena para no podérsela quitar. Pero
varias semanas después pasó por allí el Obispo de Antioquía y le dijo: "Las
fieras sí hay que atarlas con cadenas, pero al ser humano le basta su razón
y la gracia de Dios para no excederse ni irse a donde no debe". Entonces
Simeón, que era humilde y obediente, se quita la cadena.
De todos los países vecinos y aun de países lejanos venían a su cueva a
consultarlo y a pedirle consejos y las gentes se le acercaban para tocar su
cuerpo con objetos para llevarlos en señal de bendición, y hasta le quitaban
pedacitos de su manto para llevarlos como reliquias.
Entonces para evitar que tanta gente viniera a distraerlo en su vida de
oración, se ideó un modo de vivir totalmente nuevo y raro: se hizo construir
una columna de tres metros para vivir allí al sol, al agua, y al viento.
Después mandó hacer una columna de 7 metros, y más tarde, como la gente
todavía trataba de subirse hasta allá, hizo levantar una columna de 17
metros, y allí pasó sus últimos 37 años de su vida.
Columna se dice "Stilos" en griego, por eso lo llamaron "Simeón el
estilita".
No comía sino una vez por semana. La mayor parte del día y la noche la
pasaba rezando. Unos ratos de pie, otros arrodillado y otros tocando el piso
de su columna con la frente. Cuando oraba de pie, hacía reverencias
continuamente con la cabeza, en señal de respeto hacia Dios. En un día le
contaron más de mil inclinaciones de cabeza. Un sacerdote le llevaba cada
día la Sagrada Comunión.
Para que nadie vaya a creer que estamos narrando cuentos inventados o
leyendas, recordamos que la vida de San Simeón Estilita la escribió
Teodoreto, quien era monje en aquel tiempo y fue luego Obispo de Ciro,
ciudad cercana al sitio de los hechos. Un siglo más tarde, un famoso abogado
llamado Evagrio escribió también la historia de San Simeón y dice que las
personas que fueron testigos de la vida de este santo afirmaban que todo lo
que cuenta Teodoreto es cierto.
Las gentes acudían por montones a pedir consejos. El les predicaba dos veces
por día desde su columna y los corregía de sus malas costumbres. Y entre
sermón y sermón oía sus súplicas, oraba por ellos y resolvía pleitos entre
los que estaban peleados, para amistarlos otra vez. A muchos ricos los
convencía para que perdonaran las deudas a los pobres que no les podían
pagar.
Convirtió a miles de paganos. Un famoso asesino, al oírlo predicar, empezó a
pedir perdón a Dios a gritos y llorando.
Algunos lo insultaban para probar su paciencia y nunca respondió a los
insultos ni demostró disgusto por ellos.
Hasta Obispos venían a consultarlo, y el Emperador Marciano de
Constantinopla se disfrazó de peregrino y se fue a escucharlo y se quedó
admirado del modo tan santo como vivía y hablaba.
Para saber si la vida que llevaba en la columna era santidad y virtud y no
sólo un capricho, los monjes vecinos vivieron y le dieron orden a gritos de
que se bajara de la columna y se fuera a vivir con los demás. Simeón, que
sabía que sin humildad y obediencia no hay santidad, se dispuso
inmediatamente a bajarse de allí, pero los monjes al ver su docilidad le
gritaron que se quedara otra vez allá arriba porque esa era la voluntad de
Dios.
Murió el 5 de enero del año 459. Estaba arrodillado rezando, con la cabeza
inclinada, y así se quedó muerto, como si estuviera dormido. El emperador
tuvo que mandar un batallón de ejército porque las gentes querían llevarse
el cadáver, cada uno para su ciudad. En su sepulcro se obraron muchos
milagros y junto al sitio donde estaba su columna se construyó un gran
monasterio para monjes que deseaban hacer penitencia.