Comentario Bíblico: 13. LOS HERMANOS UNIDOS EN TORNO AL PADRE
Emiliano Jiménez Hernández
13. LOS HERMANOS UNIDOS EN TORNO AL PADRE
José, habiendo encontrado a sus hermanos, les envía a buscar al padre. La
hermandad se fundamenta sobre la filiación. Los hijos de un mismo padre son
hermanos. Por ello José les apremia:
-Aprisa, subid a casa de mi padre y decidle: "Dice tu hijo José: Dios me ha
hecho señor de Egipto, baja a estar conmigo. Vosotros estáis viendo y
también Benjamín está viendo que os hablo yo en persona. Contadle a mi padre
todo lo que habéis visto y traedle pronto acá.
José les hace tomar conciencia de lo que ven y oyen. Es él, el hermano, que
les entiende y les habla en su lengua, "en la lengua santa". José pide a
Benjamín en especial que atestigüe su identidad, porque los otros hermanos
habían engañado antes al padre.
Tras el recuerdo del padre y el recuerdo de Dios, garante de la
reconciliación, llegan los besos y abrazos, sellando la comunión. José,
echándose al cuello de Benjamín, rompe a llorar, y lo mismo hace Benjamín.
Después José besa llorando a todos sus hermanos. Y la reconciliación,
sellada con el beso del perdón y la paz, devuelve el habla y el canto a los
hermanos, les devuelve la palabra, reanudando el diálogo auténtico, fundado
sobre la verdad y el amor. Y José, a quien habían arrancado la túnica,
regala dos vestidos nuevos a cada hermano, "uno para los días de la semana y
otro para el Sábado", añade el Midrash.
La noticia de la llegada de los hermanos de José a Egipto se difunde por
todo el palacio real. El Faraón y todos sus ministros, al enterarse, se
llenan de alegría. El Faraón, sin saberlo, habla y ofrece en nombre de Dios:
"Cargad vuestras acémilas y volved a Canaán, tomad a vuestro padre y a su
familia y volved acá; yo os daré lo mejor de Egipto y comeréis lo
sustancioso del país. Tomad carros de Egipto para transportar en ellos a los
niños y mujeres y a vuestro padre, y volved. No os preocupéis de vuestras
cosas, porque tendréis lo mejor de Egipto" (45,16-20).
El Faraón pone a disposición de la familia de José toda la tierra de Egipto.
José acepta el ofrecimiento del Faraón y da a Benjamín trescientas monedas
de plata y, no dos vestidos, sino cinco. Y para el padre carga diez asnos
con las mejores cosas de Egipto y diez asnas con grano, pan y toda clase de
alimentos. Exultantes de gozo y colmados de dones, los hermanos se despiden
de José, que les recomienda:
-No discutáis durante el camino.
José teme que los hermanos, reconciliados con él, comiencen a acusarse unos
a otros. José, dice san Efrén, quiere que como él les ha perdonado cuanto le
hicieron, así se perdonen entre ellos: "perdonaos mutuamente como yo os he
perdonado". Cristo, al despedirse de sus discípulos, recuerda san Ambrosio,
también les dice: "Os dejo la paz, mi paz os doy" (Jn 14,27).
Como agua fresca para una persona exhausta es una buena noticia de un país
lejano. Los once salen de Egipto, llegan a tierra de Canaán, a casa, y dan
al padre la noticia:
-José está vivo y es gobernador de Egipto.
Jacob sabe que nada es imposible para Dios, pero al oír la buena nueva
pierde el sentido. No puede creerlo. A lo largo de los años ha aprendido a
convivir con su pena, a alimentarse y consumirse de recuerdos. Ahora de
repente se le anula un largo período de vida, juntándosele el presente con
un pasado perdido. Es como si José hubiera pasado de un salto de la
adolescencia a la madurez. El corazón del anciano no puede dar el salto y
desfallece.
Hay narraciones midráshicas que amplían y dramatizan este momento. En primer
lugar, los hermanos, durante el viaje de regreso a Canaán se preguntan unos
a otros:
-¿Cómo daremos al padre la noticia de que su hijo José vive? Si le damos la
noticia de repente se estremecerá y no creerá nuestras palabras.
Hacen bien en pensar que el padre no creerá sus palabras, pues ese es el
destino de los mentirosos: nadie les cree ni cuando dicen la verdad. Y ellos
tienen la vida llena de mentiras. Por ello se preocupan de preparar al padre
a recibir la noticia. Cuando están cerca de casa, les sale al encuentro
Sara, hija de Aser, una muchacha graciosa e inteligente, que toca
maravillosamente el arpa. Los hermanos la llaman y le encargan que vaya a
tocar el arpa para su abuelo Jacob según sus instrucciones. La muchacha se
presenta a tocar el arpa acompañando con una suave melodía las palabras que
le han encomendado: "José, mi tío, está vivo y gobierna todo el país de
Egipto". Jacob, que durante todos estos años vividos lejos de José había
perdido el espíritu profético, al sentir esta melodía se siente invadido por
él y bendice a su nieta:
-Que la muerte no tenga poder sobre ti, pues me has devuelto el soplo de
vida.
De este modo, preparado el padre, los hermanos pueden presentarse ante él y
anunciarle que José está vivo.
Otra narración dice que José había previsto la incredulidad del padre y, por
ello, recomienda a los hermanos:
-Si mi padre no cree vuestras palabras, decidle que el día en que lo dejé
para ir a buscaros, él me estaba enseñando "la ley de la ternera del cuello
roto" (Dt 21,1-9). Con este signo sabrá que es verdad lo que le contáis.
Así, pues, cuando le cuentan todo lo que les ha dicho José, y cuando ve los
carros que José ha mandado para transportarle, recobra el aliento. Su vida,
como un fuego medio muerto, se reaviva, al ser atizado. "Es como un lámpara,
dice Orígenes, que está a punto de apagarse, pero se reaviva al verter
aceite en ella. Este es el efecto que hace en Jacob la noticia de que su
hijo vive. Mientras José estuvo lejos, se encontraba como una lámpara sin
aceite, su espíritu había desfallecido y la luz de su vida se había
entenebrecido. Pero, al anunciarle que José vivía, es decir, que la vida es
la luz de los hombres (Jn 1,4), su espíritu se reavivó en él, renaciendo en
su interior el fulgor de la luz verdadera". "La audición de la verdad
reaviva como una luz lo que en Jacob había oscurecido el engaño de la
mentira" (37,31-35). Para Orígenes José es figura de Cristo, "vida y luz" de
los hombres. Por ello reaviva el espíritu de su Padre.
José envía a sus hermanos a llevar la buena noticia al Padre, Jesús
resucitado envía a las mujeres con una noticia mucho mejor: "Id a anunciar a
mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán" (Mt 28,10). José desea que
los hermanos anuncien al padre que Dios le ha constituido señor de todo
Egipto. Jesucristo en el Evangelio también proclama ante los apóstoles, sus
hermanos: "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra" (Mt
28,18).
José desea tener al padre y a los hermanos cerca de él. Por ello encarga a
sus hermanos que digan a su padre: "Baja a mí sin demora. Vivirás en el país
de Gosen, y estarás cerca de mí, tú y tus hijos y nietos, tus ovejas y tus
vacadas y todo cuanto tienes. Yo te sustentaré allí, pues todavía faltan
cinco años de hambre, no sea que quedéis en la miseria tú y tu casa y todo
lo tuyo" (45,9-11). Es la cercanía que Cristo resucitado ofrece a sus
discípulos: "He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin
del mundo" (Mt 28,20).
El golpe de la noticia a Jacob le da de pronto el calor de una vida
recobrada, imprimiendo en él un ritmo nuevo. Le inunda y arrebata el gozo:
¡José vive! El vacío ahondado por tantos años se llena con la alegría de
volver a ver al hijo. Rejuvenecido, exclama:
-¡Basta! Está vivo mi hijo José; iré a verle antes de morir.
Los hijos le dicen que José todavía vive y que es gobernante de Egipto. Para
Jacob es suficiente el hecho de que esté vivo aunque no sea gobernante, por
eso se levanta de su postración y decide ponerse en viaje para verle antes
de morir. Una chispa de esperanza se ilumina en sus ojos de anciano y de
repente se siente rejuvenecer.
Sin embargo, a pesar del gran deseo que tiene de dirigirse a Egipto para ver
a su hijo José, Jacob teme abandonar la tierra de santidad, ya que Dios
había dicho a su padre Isaac que no la abandonara. Por eso se dirige a
Berseba a ofrecer un sacrificio a Dios, y allí Dios le anima a descender a
Egipto: "Yo soy Dios, el Dios de tu padre, no temas bajar a Egipto, porque
allí te haré una gran nación. Yo bajaré contigo a Egipto y yo mismo te
subiré. José te cerrará los ojos" (46,3). Estas promesas valen para la
persona de Jacob, a quien Dios acompaña en su descenso a Egipto y su ascenso
para ser sepultado en la tierra santa. Pero valen también para toda su
descendencia. Dios vive con ellos el tiempo de su exilio fuera de la tierra
y con ellos subirá al momento de la liberación. Moisés, al momento del
Éxodo, constata: "No más de setenta personas eran tus padres cuando bajaron
a Egipto, y Yahveh tu Dios te ha hecho ahora numeroso como las estrellas del
cielo" (Dt 10,22; Gn 46,26-27). Y Esteban repite las palabras de Moisés,
aunque según su cómputo, al momento de bajar a Egipto, "la familia de Jacob
se componía de setenta y cinco personas" (Hch 7,9-17).
El itinerario de Jacob está marcado por las manifestaciones y comunicaciones
de Dios. Comienzan cuando emigra hacia Aram (Gn 28); continúan estas
comunicaciones divinas en casa de Labán (31,3.11-13), en Penuel, al retorno
de Aram, y de nuevo en Betel (35,9-15). Ahora, en la última teofanía de la
época patriarcal, Dios le promete una vez más acompañarlo y "hacerlo subir"
de Egipto a la tierra santa, aunque no vivo, pues "José le cerrará los
ojos". Pero ahora le promete también que le hará crecer hasta convertirse en
"un pueblo numeroso". La promesa hecha a Abraham, repetida a su padre Isaac
y a él, se cumplirá en Egipto. Jacob puede descender a Egipto asistido por
la certeza del futuro Éxodo. Dios no dejará a su descendencia en Egipto.
Como había ordenado a Abraham partir hacia Canaán (12,1), así Dios ordena a
Jacob partir hacia Egipto. En una visión nocturna Dios llama a Jacob:
-¡Jacob, Jacob!
-Heme aquí, respondió Jacob.
-Yo soy Dios, el Dios de tu padre; no temas bajar a Egipto, porque allí te
haré una gran nación. Y bajaré contigo a Egipto y yo mismo te subiré
también.
Dios, acompañando a Jacob a Egipto, verá la aflicción de sus hijos y, con la
potencia de su brazo, les liberará de la esclavitud.
Esta torcida y larga bajada a Egipto parte del padre. Jacob, un día lejano
ya, mandó a su hijo José a visitar a sus hermanos, que pastoreaban el rebaño
en el campo de Siquem. Ahora, sin saberlo, manda a aquellos diez hijos, y
luego también a Benjamín, hacia el hermano desaparecido, "descuartizado por
una fiera". Y lo hace para conservar la vida y no morir. José proclama que
eso mismo ha sido el designio de Dios, al enredar toda esta historia: Dios
le ha salvado la vida "para poder salvar la vida de otros".
En el descenso a Egipto (46,1-7) se alternan los nombres de Jacob e Israel.
Son los dos nombres, con que se le conocerá por siempre: el nuevo que Dios
le ha otorgado no anula el antiguo. Como padre de familia se le sigue
llamando Jacob, pero sus hijos son ya los hijos de Israel, los israelitas,
el pueblo que desciende a Egipto, donde se multiplica tanto que el Faraón
llegará a verse amenazado por su número. No el Faraón actual, que les acoge
con toda generosidad en consideración a José, por quien Dios ha bendecido a
Egipto.
Los hijos de Israel hacen montar a su padre con los niños y las mujeres en
las carretas que José ha enviado para transportarlos. La familia que emigra
a Egipto hace un total de setenta personas, según el cómputo preciso de los
sabios de Israel. Para que, en la hora de la salida de Egipto, al ser
contados, se vea que la multitud en que se ha transformado es obra de la
potencia de Dios, se fija ahora el número y los nombres que componen la
familia de Jacob (46,6-27).
Jacob, para preparar el encuentro con José, al llegar a Egipto, manda a Judá
por delante para que informe a José de su llegada a Gosen. José engancha su
carroza y sube a Gosen, al encuentro de su padre. Al llegar a su presencia,
se le echa al cuello y llora abrazado a él (46,29). Se repite la escena que
Jacob ha vivido en el encuentro con su hermano Esaú, y la escena del
encuentro que José ha vivido con los hermanos. Después de tantos años
alejados, - veintidós largos años-, ahora se estrechan en el abrazo filial o
paterno, tras el abrazo fraterno. Es la escena que resuena en el evangelio,
al encontrarse el padre y el hijo pródigo, aunque en ella sea el padre quien
se echa al cuello del hijo (Lc 15,20).
Ya en el primer encuentro, los hermanos "se postran rostro en tierra" ante
José, a quien no reconocen. De ese modo, sin saberlo, comenzaban a cumplir
los sueños: las gavillas se inclinan ante la gavilla que está en pie ante
ellos. Se presentan constantemente con la expresión "tus siervos", forma de
cortesía que muestra su sumisión. En el segundo encuentro se repiten los
gestos y expresiones de sumisión. En cambio la Escritura no habla de la
postración del padre y la madre, el sol y la luna, del segundo sueño de
José. Sólo los hermanos, las estrellas, se postran ante José. Con el padre
la postración se sustituye por un abrazo.
El padre, conmovido y bañado por las lágrimas de su hijo, exclama:
-Ahora puedo morir, después de haber visto tu rostro y ver que estás vivo.
El gozo se hace exultación y alabanza a Dios:
-¡He visto el rostro de Dios, he visto el rostro benévolo de mi hermano, veo
el rostro de mi hijo vivo! ¡Bendito sea el Santo, que me ha concedido el
deseo de mi corazón y no me ha negado lo que pedían mis labios!
José, durante estos años en Egipto se ha hecho experto en las maneras
políticas de los egipcios y en el estilo diplomático de la corte. Sabe que
los egipcios detestan a todos los pastores de ovejas. Por ello, para que el
Faraón conceda a su familia la región de Gosen, que se halla en el delta
oriental del Nilo, en el confín de Egipto, limítrofe con Canaán, está poco
habitada y posee pastos abundantes, José pone al corriente a sus hermanos y
a su padre de sus planes sobre ellos:
-Voy a subir a avisar a Faraón y decirle: Han venido a mí mis hermanos y la
casa de mi padre que estaban en Canaán. Son pastores de ovejas, pues siempre
fueron ganaderos, y, han traído ovejas, vacadas y todo lo suyo.
Y les da estas instrucciones:
-Así, cuando os llame el Faraón y os pregunte: ¿Cuál es vuestro oficio?, le
decís: Ganaderos hemos sido tus siervos desde la mocedad hasta ahora, lo
mismo que nuestros padres. De esta suerte os quedaréis en el país de Gosen
(46,31-34).
Una vez que ha instruido a sus hermanos, José lleva a un grupo de ellos y
les presenta al Faraón. En palacio las cosas se desenvuelve según los planes
de José. Vino, pues, José a dar parte al Faraón, diciendo:
-Mi padre, mis hermanos, sus ovejas y vacadas y todo lo suyo han venido de
Canaán, y ya están en el país de Gosen.
Luego, de entre todos sus hermanos tomó consigo a cinco varones y se los
presentó al Faraón. Dijo el Faraón a los hermanos:
-¿Cuál es vuestro oficio?
Respondieron al Faraón:
-Pastores de ovejas son tus siervos, lo mismo que nuestros padres.
Y dijeron al Faraón:
-Hemos venido a residir en esta tierra, porque no hay pastos para los
rebaños que tienen tus siervos, por ser grave el hambre en Canaán. Así,
pues, deja morar a tus siervos en el país de Gosen.
Y dijo el Faraón a José:
-Tu padre y tus hermanos han venido a ti. Tienes el territorio egipcio por
delante: en lo mejor del país instala a tu padre y tus hermanos. Que
residan, pues, en el país de Gosen si así lo desean. Y si te consta que hay
entre ellos gente capacitada, ponles por rabadanes de mis ganados.
Una prueba del poder de José y de la estima que siente por él el Faraón es
que éste escucha el ruego de sus hermanos y les concede habitar en la tierra
fértil de Gosen, "la mejor región del país"; se trata de los amplios
pastizales de una provincia fronteriza. Y además les concede el que puedan
acceder a los cargos públicos: si están capacitados pueden llegar a ser
jefes de los rebaños que pastan en las tierras del patrimonio real.
Luego José lleva a su padre a la corte y le presenta al Faraón. Jacob
bendice al Faraón. Es una breve visita en la que el soberano de Egipto
recibe a un beduino inmigrante. Es una visita diversa de otras que recibe en
la corte. Se encuentran frente a frente el patriarca y el Faraón, uno
gobierna el mayor imperio del mundo y el otro posee la bendición divina. El
Faraón actúa de forma afable y magnánima, Jacob le habla de su vida nómada,
sin hogar permanente y demasiado corta pese a su longevidad. Pero Jacob no
solicita beneficios al monarca, sino que lo bendice. Y "está fuera de
discusión que el que es más bendice al que es menos" (Hb 7,7).
Faraón, impresionado por el aspecto de aquel hombre de ciento treinta años,
pregunta al anciano por su edad:
-¿Cuántos años tienes?
Jacob en su respuesta no habla como el Faraón de años de vida, sino de los
años de su peregrinación como extranjero por la tierra:
-Los años de mis andanzas hacen 130 años: pocos y malos han sido los años de
mi vida, y no han llegado a igualar los años de vida de mis padres, en el
tiempo de sus andanzas.
Jacob, como hombre de fe, se declara peregrino en este mundo, pues se sabe
ciudadano de una vida y patria mejor, la del cielo. Es la lectura que hace
la carta a los Hebreos: "En la fe murieron todos ellos, sin haber conseguido
el objeto de las promesas: viéndolas y saludándolas desde lejos y
confesándose extraños y forasteros sobre la tierra. Los que tal dicen,
claramente dan a entender que van en busca de una patria; pues si hubiesen
pensado en la tierra de la que habían salido, habrían tenido ocasión de
retornar a ella. Más bien aspiran a una mejor, a la celestial. Por eso Dios
no se avergüenza de ellos, de ser llamado Dios suyo, pues les tiene
preparada una ciudad" (Hb 11,13-16).
Al Midrash, en cambio, no le agrada la respuesta de Jacob y dice que, cuando
Jacob terminó de hablar con el Faraón, Dios le dijo: "Yo te he salvado de
las manos de Esaú y de Labán; te he devuelto a José, que he constituido
gobernador de un gran país, y tú ¿te atreves a decir que tus años han sido
pocos e infelices? Por esta ingratitud morirás treinta y tres años antes que
tu padre Isaac". Abraham murió a ciento setenta y cinco años (25,7) e Isaac
a ciento ochenta (35,28) "y los días de Jacob fueron ciento cuarenta y siete
años" (47,28).
Bendijo, pues, Jacob a Faraón, y salió de su presencia. Jacob, que recibió
la bendición de su padre, es ahora el portador de la bendición. Con la
bendición termina la audiencia. Jacob tiene otras bendiciones pendientes.
Esta bendición de Jacob sobre sus hijos, que llena todo el capítulo 49 del
Génesis, es sacramento de la bendición de Dios sobre el pueblo que de
momento queda en Egipto, pero que Dios un día se acordará de ellos y les
sacará de la esclavitud para llevarles en un éxodo glorioso a la tierra
prometida. También nosotros podemos decir con Jacob y con Pablo: "Bendito
sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con
toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo" (Ef 1,3).
"José instaló a su padre y a sus hermanos, asignándoles una propiedad en
territorio egipcio, en lo mejor del país, en la provincia de Ramsés, según
lo había mandado Faraón. Y José proveyó al sustento familiar de su padre y
sus hermanos y toda la casa de su padre" (47,11-12). Y el Señor, dice el
gran Midrash sobre el libro del Génesis, regaló a Jacob diecisiete años de
vida en paz cerca de su hijo José. Porque, como se sabe, el malvado primero
goza de felicidad y luego sufre, mientras que al justo le sucede lo
contrario: la felicidad de los últimos años de vida es el privilegio que
Dios concede a los hombres santos.
Jacob aún no muere, le quedan unos años de vida para bendecir a sus hijos.
Pero él ya se siente satisfecho, ya puede morir en paz, pues ha visto el
rostro de su hijo, que vive. Se lo habían anunciado los hermanos, ahora le
ve con sus ojos. Jacob ha visto el rostro de Dios, ha visto el rostro
benévolo de su hermano Esaú, y ve el rostro de su hijo vivo. Con la vista
del hijo de sus predilecciones puede cerrar sus ojos, dejar que José se los
cierre. En realidad, cuando José le muestre sus hijos, no les distinguirá,
porque se le habrá apagado la vista (48,10).
Jacob resume en unas pocas palabras los años de angustias y sufrimientos por
la desaparición de José cuando le dice: "Yo ya no esperaba volver a ver tu
rostro y ahora Dios me ha concedido ver también a tus hijos" (48,11). Medio
ciego, Jacob ve la realidad desde el interior del amor; con esa mirada
interior, Jacob ve el futuro de su descendencia, abraza y besa, adoptando
como hijos suyos, a los hijos de su amado José. Colocados ante él, Jacob
pone su mano derecha sobre el menor y la izquierda sobre el mayor. Así sigue
manteniendo hasta el final su línea de preferencias. Se enamoró de Raquel,
la menor, en vez de Lía, la mayor; prefirió a José por encima de sus
hermanos mayores y, ahora, muestra sus preferencias por el menor de sus
nietos (48,14.20). Y es que él mismo era el menor y tuvo que robar la
primogenitura y la bendición de su padre, pues aunque era el preferido de su
madre, el padre prefería a su hermano Esaú, el primogénito. Su descendencia,
el pueblo de Israel, es también para Dios el pueblo de la elección, el
"menor de los pueblos" (Dt 7,7).