«DE TODA PALABRA INÚTIL» - Hablar «como con palabras de Dios»: II. Predicación de Cuaresma
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Segunda Predicación
P. Raniero Cantalamessa O.F.M.Cap
1. Del Jesús que predica al Cristo
predicado
En la segunda carta a los Corintios --que es, por excelencia, la carta
dedicada al ministerio de la predicación--, san Pablo escribe estas palabras
programáticas: «No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús
como Señor» (2 Co 4,5). A los mismos fieles de Corinto, en una carta
precedente, había escrito: «Nosotros predicamos a Cristo crucificado» (1 Co
1,23). Cuando el Apóstol quiere abrazar con una sola palabra el contenido de
la predicación cristiana, ¡esta palabra es siempre la persona de Jesucristo!
En estas afirmaciones Jesús ya no es contemplado --como ocurría en los
evangelios-- en su calidad de anunciador, sino en su calidad de anunciado.
Paralelamente, vemos que la expresión «Evangelio de Jesús» adquiere un nuevo
significado, sin perder en cambio el antiguo; del significado de «gozoso
anuncio traído por Jesús (¡Jesús sujeto!)», se pasa al significado de
«gozoso anuncio sobre Jesús» (¡Jesús objeto!).
Éste es el significado que la palabra evangelio tiene en el solemne inicio
de la carta a los Romanos. «Pablo, siervo de Cristo Jesús, apóstol por
vocación, escogido para el Evangelio de Dios, que había ya prometido por
medio de sus profetas en la Escrituras Sagradas, acerca de su Hijo, nacido
del linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder,
según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos,
Jesucristo Señor nuestro» (Rm 1,1-3).
En esta meditación nos concentramos en «La Palabra de Dios en la misión de
la Iglesia». Es el tema del que se ocupa el tercer capítulo de los
Lineamenta del Sínodo de los Obispos, que evidencia de aquél sus diversos
aspectos y ámbitos de actuación según el siguiente esquema:
La misión de la Iglesia es proclamar a Cristo, la Palabra de Dios hecha
carne.
La Palabra de Dios debe estar siempre al alcance de todos.
La Palabra de Dios, gracia de comunión entre los cristianos.
La Palabra de Dios, luz para el diálogo interreligioso
a - Con el pueblo judío
b - Con otras religiones
La Palabra de Dios, fermento de las culturas modernas.
La Palabra de Dios y la historia de los hombres.
Me limito a tratar un punto particular y bastante concentrado; sin embargo,
considero que influye en la calidad y en la eficacia del anuncio de la
Iglesia en todas sus expresiones.
2. Palabras «inútiles» y palabras «eficaces»
En el evangelio de Mateo, en el contexto del discurso sobre las palabras que
revelan el corazón, se refiere una palabra de Jesús que ha hecho temblar a
los lectores del Evangelio de todos los tiempos: «Pero yo os digo que de
toda palabra inútil que hablen los hombres darán cuenta en el día del
Juicio» (Mt 12,36).
Siempre ha sido difícil explicar qué entendía Jesús por «palabra inútil».
Cierta luz nos llega de otro pasaje del evangelio de Mateo (7,15-20), donde
vuelve el mismo tema del árbol que se reconoce por los frutos y donde todo
el discurso aparece dirigido a los falsos profetas: «Guardaos de los falsos
profetas, que vienen a vosotros con disfraces de ovejas, pero por dentro son
lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis...».
Si el dicho de Jesús tiene relación con lo de los falsos profetas, entonces
podemos tal vez descubrir qué significa la palabra «inútil». El término
original, traducido con «inútil», es argòn, que quiere decir «sin efecto» (a
--privativo--; ergos --obra--). Algunas traducciones modernas, entre ellas
la italiana de la CEI [Conferencia Episcopal italiana. Ndt], vinculan el
término a «infundada», por lo tanto a un valor pasivo: palabra que carece de
fundamento, o sea, calumnia. Es un intento de dar un sentido más
tranquilizador a la amenaza de Jesús. ¡No hay nada, de hecho,
particularmente inquietante si Jesús dice que de toda calumnia se debe dar
cuentas a Dios!
Pero el significado de argòn es más bien activo; quiere decir: palabra que
no funda nada, que no produce nada: por lo tanto, vacía, estéril, sin
eficacia [1]. En este sentido era más adecuada la antigua traducción de la
Vulgata, verbum otiosum, palabra «ociosa», inútil, que por lo demás es la
que se adopta también hoy en la mayoría de las traducciones.
No es difícil intuir qué quiere decir Jesús si comparamos este adjetivo con
el que, en la Biblia, caracteriza constantemente la palabra de Dios: el
adjetivo energes, eficaz, que obra, que se sigue siempre de efecto (ergos)
(el mismo adjetivo del que deriva la palabra «enérgico»). San Pablo, por
ejemplo, escribe a los Tesalonicenses que, habiendo recibido la palabra
divina de la predicación del Apóstol, la han acogido no como palabra de
hombres, sino como lo que es verdaderamente, como «palabra de Dios que
permanece operante (energeitai) en los creyentes» (Cf. 1 Ts 2,13). La
oposición entre palabra de Dios y palabra de hombres se presenta aquí,
implícitamente, como la oposición entre la palabra «que obra» y la palabra
«que no obra», entre la palabra eficaz y la palabra vana e ineficaz.
También en la carta a los Hebreos encontramos este concepto de la eficacia
de la palabra divina: «Viva y eficaz es la Palabra de Dios» (Hb 4,12). Pero
es un concepto que viene de lejos; en Isaías, Dios declara que la palabra
que sale de su boca no vuelve a Él jamás «de vacío», sin haber realizado
aquello para lo que fue enviada (v. Is 55,11).
La palabra inútil, de la que los hombres tendrán que dar cuentas el día del
Juicio, no es por lo tanto toda y cualquier palabra inútil; es la palabra
inútil, vacía, pronunciada por aquél que debería en cambio pronunciar las
«enérgicas» palabras de Dios. Es, en resumen, la palabra del falso profeta,
que no recibe la palabra de Dios y sin embargo induce a los demás a creer
que sea palabra de Dios. Ocurre exactamente al revés de lo que decía san
Pablo: habiendo recibido una palabra humana, se la toma no por lo que es,
sino por lo que no es, o sea, por palabra divina. ¡De toda palabra inútil
sobre Dios el hombre tendrá que dar cuentas!: he aquí, por lo tanto, el
sentido de la grave advertencia de Jesús.
La palabra inútil es la falsificación de la palabra de Dios, es el parásito
de la palabra de Dios. Se reconoce por los frutos que no produce, porque,
por definición, es estéril, sin eficacia (se entiende, en el bien). Dios
«vela sobre su palabra» (Cf. Jr 1,12), es celoso de ella y no puede permitir
que el hombre se apropie del poder divino en ella contenido.
El profeta Jeremías nos permite percibir, como en un altavoz, la advertencia
que se oculta bajo esa palabra de Jesús. Se ve ya claro que se trata de los
falsos profetas: «Así dice Yahveh Sebaot: No escuchéis las palabras de los
profetas que os profetizan. Os están embaucando. Os cuentan sus propias
fantasías, no cosa de boca de Yahveh... Profeta que tenga un sueño, cuente
un sueño, y el que tenga consigo mi palabra, que hable mi palabra fielmente.
¿Qué tiene que ver la paja con el grano? --oráculo de Yahveh--. ¿No es así
mi palabra, como el fuego, y como un martillo golpea la peña? Pues bien,
aquí estoy yo contra los profetas --oráculo de Yahveh-- que se roban mis
palabras el uno al otro» (Jr 23,16.28-31).
3. Quiénes son los falsos profetas
Pero no estamos aquí para hacer una disquisición sobre los falsos profetas
en la Biblia. Como siempre, es de nosotros de quienes se habla en la Biblia
y a nosotros a quienes se habla. Esa palabra de Jesús no juzga el mundo,
sino a la Iglesia; el mundo no será juzgado sobre las palabras inútiles
(¡todas sus palabras, en el sentido antes descrito, son palabras inútiles!),
sino que será juzgado, en todo caso, por no haber creído en Jesús (Cf. Jn
16,9). Los «hombres que deberán dar cuentas de toda palabra inútil» son los
hombres de Iglesia; somos nosotros, los predicadores de la palabra de Dios.
Los «falsos profetas» no son sólo los que de vez en cuando esparcen
herejías; son también quienes «falsifican» la palabra de Dios. Es Pablo
quien usa este término, sacándolo del lenguaje corriente; literalmente
significa diluir la Palabra, como hacen los mesoneros fraudulentos, cuando
rellenan con agua su vino (Cf. 2 Co 2,17;4,2). Los falsos profetas son
aquellos que no presentan la palabra de Dios en su pureza, sino que la
diluyen y la agotan en miles de palabras humanas que salen de su corazón.
El falso profeta lo soy también yo cada vez que no me fío de la «debilidad»,
«necedad», pobreza y desnudez de la Palabra y la quiero revestir, y estimo
el revestimiento más que la Palabra, y es más el tiempo que gasto con el
revestimiento que el que empleo con la Palabra permaneciendo ante ella en
oración, adorándola y empezándola a vivir en mí.
Jesús, en Caná de Galilea, transformó el agua en vino, esto es, la letra
muerta en el Espíritu que vivifica (así interpretan espiritualmente el hecho
los Padres); los falsos profetas son aquellos que hacen todo lo contrario, o
sea, que convierten el vino puro de la palabra de Dios en agua que no
embriaga a nadie, en letra muerta, en vana charlatanería. Ellos, por lo
bajo, se avergüenzan del Evangelio (Cf. Rm 1,16) y de las palabras de Jesús,
porque son demasiado «duras» para el mundo, o demasiado pobres y desnudas
para los doctos, y entonces intentan «aderezarlas» con las que Jeremías
llamaba «fantasías de su corazón».
San Pablo escribía a su discípulo Timoteo: «Procura cuidadosamente
presentarte ante Dios como... fiel distribuidor de la Palabra de la verdad.
Evita las palabrerías profanas, pues los que a ellas se dan crecerán cada
vez más en impiedad» (2 Tm 2,15-16). Las palabrerías profanas son las que no
tienen pertinencia con el proyecto de Dios, que no tienen que ver con la
misión de la Iglesia. Demasiadas palabras humanas, demasiadas palabras
inútiles, demasiados discursos, demasiados documentos. En la era de la
comunicación de masa, la Iglesia corre el riesgo de hundirse también en la
«paja» de las palabras inútiles, dichas sólo por hablar, escritas sólo
porque hay revistas y periódicos que llenar.
De este modo ofrecemos al mundo un óptimo pretexto para permanecer tranquilo
en su descreimiento y en su pecado, Cuando escuchara la auténtica palabra de
Dios, no sería tan fácil, para el incrédulo, arreglárselas diciendo (como
hace a menudo, después de haber oído nuestras predicaciones): «¡Palabras,
palabras, palabras!». San Pablo llama a las palabras de Dios «las armas de
nuestro combate» y dice que sólo a ellas «da Dios la capacidad de arrasar
fortalezas, deshacer sofismas y toda altanería que se subleva contra el
conocimiento de Dios, y reducir a cautiverio todo entendimiento para
obediencia de Cristo» (2 Co 10,3-5).
La humanidad está enferma de ruido, decía el filósofo Kierkegaard; es
necesario «convocar un ayuno», pero un ayuno de palabras; alguien tiene que
gritar, como hizo un día Moisés: «Calla y escucha, Israel» (Dt 27,9). El
Santo Padre nos ha recordado la necesidad de este ayuno de palabras en su
encuentro cuaresmal con los párrocos de Roma, y creo que, como de costumbre,
su invitación se dirigía a la Iglesia, antes aún que al mundo.
4. «Jesús no ha venido para contarnos frivolidades»
Siempre me han impresionado estas palabras de Péguy:
«Jesucristo, pequeño mío,
-es la Iglesia que se dirige a sus hijos-
no ha venido a contarnos frivolidades...
No ha hecho el viaje hasta la tierra
Para venir con adivinanzas y chistes.
No hay tiempo de divertirse...
Él no gastó su vida...
Para venir a contarnos patrañas».[2]
La preocupación de distinguir la palabra de Dios de cualquier otra palabra
es tal que, enviando a sus discípulos en misión, Jesús les manda que no
saluden a nadie por el camino (Lc 10,4). He experimentado en mi propia carne
que a veces este mandamiento hay que tomarlo a la letra. Detenerse a saludar
a la gente e intercambiar formalidades cuando se va a empezar a predicar
dispersa inevitablemente la concentración sobre la palabra que hay que
anunciar, hace perder el sentido de su alteridad respecto a todo discurso
humano. Es la misma exigencia que se experimenta (o se debería experimentar)
cuando uno se está revistiendo para celebrar la Misa.
La exigencia es aún más fuerte cuando se trata del contenido mismo de la
predicación. En el Evangelio de Marcos, Jesús cita la palabra de Isaías: «En
vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres»
(Is 29,13); después añade, dirigiéndose a los escribas y fariseos: «Dejando
el precepto de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres... anulando
así la Palabra de Dios por vuestra tradición que os habéis transmitido» (Mc
7,7-13)
Cuando no se llega a proponer nunca la sencilla y desnuda palabra de Dios,
sin hacer que pase por el filtro de mil distinciones y precisiones y
añadidos y explicaciones, en sí mismas hasta justas, pero que agotan la
palabra de Dios, se hace lo mismo que Jesús reprochó, aquel día, a lo
escribas y fariseos: se «anula» la palabra de Dios, se la aprisiona
haciéndole perder gran parte de su fuerza de penetración en el corazón de
los hombres.
La palabra de Dios no puede ser empleada para discursos de circunstancias, o
para envolver de autoridad divina discursos ya hechos y todos humanos. En
tiempos cercanos a nosotros, se ha visto adónde lleva tal tendencia. El
Evangelio ha sido instrumentalizado para sostener toda clase de proyectos
humanos: desde la lucha de clases a la muerte de Dios.
Cuando un auditorio está tan predeterminado por condicionamientos
psicológicos, sindicales, políticos o pasionales, como para hacer, de
partida, imposible no decirle lo que espera y no darle completamente razón
en todo, cuando no hay esperanza alguna de poder llevar a los oyentes a ese
punto en que es posible decirles: «¡Convertíos y creed!», entonces está bien
no proclamar en absoluto la palabra de Dios, a fin de que no sea
instrumentalizada por fines interesados y, por lo tanto, traicionada. En
otros términos, es mejor renunciar a hacer un verdadero anuncio,
limitándose, si acaso, a escuchar, a procurar entender y participar en las
expectativas y sufrimientos de la gente, predicando más bien con la
presencia y con la caridad el Evangelio del Reino. Jesús, en el evangelio,
se muestra atentísimo a no dejarse instrumentalizar por fines políticos ni
partidistas.
La realidad de la experiencia y, por lo tanto, la palabra humana no está
excluida, evidentemente, de la predicación de la Iglesia, pero se debe
someter a la palabra de Dios, al servicio de ésta. Igual que en la
Eucaristía es el Cuerpo de Cristo el que asimila consigo a quien lo come, y
no al revés, así en el anuncio debe ser la palabra de Dios, que es el
principio vital más fuerte, el que someta y asimile consigo la palabra
humana, y no al contrario. Por ello es necesario tener el valor de partir
con más frecuencia, al tratar problemas doctrinales y disciplinarios de la
Iglesia, de la palabra de Dios, especialmente de la del Nuevo Testamento, y
de permanecer después ligados a ella, vinculados a ella, seguros de que así
se llega con mayor seguridad al objetivo, que es el de descubrir, en cada
cuestión, cuál es la voluntad de Dios.
La misma necesidad se advierte en las comunidades religiosas. Existe el
peligro de que en la formación que se da a los jóvenes y en el noviciado, en
los ejercicios espirituales y en todo el resto de la vida de la comunidad,
se emplee más tiempo en los escritos del propio fundador (con frecuencia
bastante pobres de contenido) que en la palabra de Dios.
5. Hablar como con palabras de Dios
Me doy cuenta de que lo que estoy diciendo puede suscitar una objeción
grave. ¿Entonces la predicación de la Iglesia tendrá que reducirse a una
secuencia (o a una ráfaga) de citas bíblicas, con indicaciones de capítulos
y versículos, a la manera de los Testigos de Jehová y de otros grupos
fundamentalistas? No, por cierto. Nosotros somos herederos de una tradición
diferente. Explico qué intento decir por permanecer ligados a la palabra de
Dios.
También en la segunda carta a los Corintios, san Pablo escribe: «No somos
nosotros como la mayoría que negocian con la Palabra de Dios. Antes bien,
con sinceridad y como movidos por Dios, y delante de Dios, hablamos en
Cristo» (2 Co 2, 17), y san Pedro, en la primera carta exhorta a los
cristianos diciendo: «Si alguno habla, lo haga como con palabras de Dios» (1
P 4,11). ¿Qué quiere decir «hablar en Cristo» o hablar «como con palabras de
Dios»? No quiere decir repetir materialmente y sólo las palabras
pronunciadas por Cristo y por Dios en la Escritura. Quiere decir que la
inspiración de fondo, el pensamiento que «informa» y sustenta todo lo demás
debe venir de Dios, no del hombre. El anunciador debe estar «movido por
Dios» y hablar como en su presencia.
Hay dos formas de preparar una predicación o cualquier anuncio de fe oral o
escrito. Puedo primero sentarme en el escritorio y elegir yo mismo la
palabra que hay que anunciar y el tema a desarrollar, basándome en mis
conocimientos, mis preferencias, etcétera, y después, una vez preparado el
discurso, arrodillarme para pedir apresuradamente a Dios que bendiga lo que
he escrito y dé eficacia a mis palabras. Ya es algo bueno, pero no es la vía
profética. Más bien hay que hacer lo contrario. Primero ponerse de rodillas
y preguntar a Dios cuál es la palabra que quiere decir; después, sentarse en
el escritorio y hacer uso de los propios conocimientos para dar cuerpo a esa
palabra. Esto cambia todo porque así no es Dios quien debe hacer suya mi
palabra, sino que soy yo el que hago mía su palabra.
Hay que partir de la certeza de fe de que, en toda circunstancia, el Señor
resucitado tiene en el corazón una palabra suya que desea hacer llegar a su
pueblo. Es la que cambia las cosas y es la que hay que descubrir. Y Él no
deja de revelarla a su ministro, si humildemente y con insistencia se la
pide. Al principio se trata de un movimiento casi imperceptible del corazón:
una pequeña luz que se enciende en la mente, una palabra de la Biblia que
comienza a atraer la atención y que ilumina una situación.
Verdaderamente es «la más pequeña de todas las semillas», pero a
continuación se percibe que dentro estaba todo; había un trueno como para
abatir los cedros del Líbano. Después uno se pone en el escritorio, abre sus
libros, consulta sus apuntes, consulta los Padres de la Iglesia, los
maestros, poetas... Pero ya todo es otra cosa distinta. Ya no se trata de la
Palabra de Dios al servicio de tu cultura, sino de tu cultura al servicio de
la Palabra de Dios.
Orígenes describe bien el proceso que lleva a este descubrimiento. Antes de
encontrar en la Escritura el alimento --decía-- es necesario soportar cierta
«pobreza de los sentidos»; el alma está rodeada de oscuridad por todas
partes, se encuentra en caminos sin salida. Hasta que, de repente, después
de laboriosa búsqueda y oración, he aquí que resuena la voz del Verbo e
inmediatamente algo se ilumina; aquél que ella buscaba, le sale al encuentro
«saltando por los montes, brincando por los collados» (Ct 2,8), esto es,
abriéndole la mente para que reciba una palabra suya fuerte y luminosa [3].
Grande es la alegría que acompaña este momento. Le hacía decir a Jeremías:
«Se presentaban tus palabras y yo las devoraba; era tu palabra para mí un
gozo, y alegría de corazón» (Jr 15,16).
Habitualmente la respuesta de Dios llega bajo forma de una palabra de la
Escritura que, en cambio, en ese momento revela su extraordinaria
pertinencia en la situación y en el problema que se debe tratar, como si se
hubiera escrito a propósito para ello. A veces no es siquiera necesario
citar explícitamente tal palabra bíblica o comentarla. Basta con que esté
bien presente en la mente de quien habla e informe todo lo que expresa.
Actuando así, habla, de hecho, «como con palabras de Dios». Este método vale
siempre: para los grandes documentos del magisterio como para las lecciones
que el maestro da a sus novicios, para la docta conferencia como para la
humilde homilía dominical.
Todos hemos tenido la experiencia de cuánto puede hacer una sola palabra de
Dios profundamente creída y vivida, primero para quien la pronuncia; con
frecuencia se constata que, entre muchas otras palabras, ha sido la que ha
tocado el corazón y ha llevado a más de un oyente al confesionario.
Después de haber indicado las condiciones del anuncio cristiano (hablar de
Cristo, con sinceridad, como movidos por Dios y bajo su mirada), el Apóstol
se preguntaba: «Y ¿quién es capaz para esto?» (2 Co 2,16). Nadie --está
claro-- está a la altura. Llevamos este tesoro en vasijas de barro. (Ib.
4,7). Pero podemos orar, diciendo: Señor, ten piedad de este pobre vaso de
barro que debe llevar el tesoro de tu palabra; presérvanos de pronunciar
palabras inútiles cuando hablamos de ti; haznos experimentar una vez el
gusto de tu palabra para que la sepamos distinguir de cualquier otra y para
que cualquier otra palabra nos parezca insípida. Difunde, como has
prometido, hambre en la tierra, «no hambre de pan, ni sed de agua, sino de
oír la palabra del Señor» (Am 8,11).
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[1] Cf. M. Zerwick, Analysis philologica Novi Testamenti Graeci, Romae 1953,
ad loc.
[2] Ch. Péguy, Il portico del mistero della seconda virtù, in Oeuvres
poétiques complètes, Gallimard 1975, pp. 587 s.
[3] Cf. Orígenes, In Mt Ser. 38 (GCS, 1933, p. 7); In Cant. 3 (GCS, 1925, p.
202).